viernes 30 de agosto de 2024

Estaba consciente que la estupidez mental iba a ser parte de mí durante toda mi vida. 
Obviamente hice lo que cualquier persona que me conozca, aunque sea un diez porciento, hubiera pensado que hice.
Sí. 
Lo desbloqueé. 
Pero, ¿por qué bloquearlo? No podía demostrarle que me había importado. Mis amigas, mi blog, todas y todos que no fueran él podían saber el dolor que me había causado, todo el mundo menos él. Era un secreto, de esos que se guardan bajo llave.
Si por alguna bendita casualidad a él se le ocurría que era buena idea mirar mi perfil iba a encontrarse con la noticia de que lo había bloqueado. Se daría cuenta que me di cuenta. Se daría cuenta que lo observaba. No lo podía permitir. 
Podía hacer algo mejor si decidía volver: ignorarlo.
En fin, no me servía tenerlo bloqueado. 
En menos de veinticuatro horas y antes de que sea demasiado tarde él volvía tener libertad. 
Lo peor de todo es que no sé absolutamente nada de su vida. Probablemente tenga una relación seria y estable o probablemente tenga un vínculo como el que tuvimos, mientras que lo único hago es entrar en las aplicaciones de citas y rogar interaccionar con un ser humano normal.
Igual ojalá que este acompañado, pero mal acompañado y que cada dos por tres se acuerde de mí. 

miércoles 28 de agosto de 2024

"Si queres ir y ser un estúpido no lo hagas enfrente mío" canté cuando lo bloqueé. Era una sabia decisión. Ese hombre no merecía que le tenga la vela prendida cuando no había hecho nada para merecerlo.
Me había desbloqueado hacía un mes y en esos treinta y un días no había sido capaz de enviarme un solo mensaje, por lo que tomé la decisión que cualquier chica hubiese tomado: bloquearlo.
Si realmente estaba interesado en venir en su caballo blanco y procurar rescatarme mientras me afirmaba con total tranquilidad que se había equivocado, que era un tarado y que yo era lo mejor que le podría haber pasado en este último tiempo, que estaba tan arrepentido de haberme maltratado que todas las noches antes de irse a dormir se lamentabla la decisión que había tomado, que simplemente era un víctima de su inmadurez varonil y que por favor le de otra oportunidad, me tendría que contactar por otros medios. No lo sé. No sabe dónde vivo, no sabe en dónde trabajo, no sabe nada de mí. Lo único que tenía era mis redes sociales y de una está bloqueado, por lo que tendrá que apelar a su buena memoria o su gran disposición y mandarme un mensaje de texto, si es que todavía tiene mi número. 
No podía seguir en el restaurante esperándolo, no me importaba si nuestro "amor" había muerto joven y yo era la única testigo, si alguna vez se arrepientía y me decía que se había equivocado.
Mi idea era que, si en algún momento de su corta vida, decidía entrar a ver mi perfil, o si realizaba ese acto tan hombril de volver siempre a buscar a las mujeres que han lastimado, se iba a encontrar con una sorpresa, pues esta vez era yo la que lo había eliminado. Quería que piense "uy, se dio cuenta de que la desbloqueé y en vez de hablarme lo único que hizo fue bloquearme ella a mí". Dudo que tenga esa línea de razonamiento, es un varón básico, que todavía tiene un par de días para que se le desarrollé el lóbulo frontal del cerebro y pueda ser más empático. 
Ya no tenía que quedarme en mi casa lamentádome todas las palabras que dije y las que no, ya se había terminado, era libre. Al fin libre. Llovió y finalmente estaba limpia. 
Iba a seguir pensando en él, porque lo hacia hace exactamente cuatro meses cuando él decidió que ya no le interesaba más y que era merecedora de las palabras más crueles jamás pronunciadas y que simplemente no le servía más, que jamás podría despertar algo en él, que jamás sería prioridad y que mejor lo dejemos ahí, que ya estaba, total, un vínculo con una persona es algo que podes tirar a la basura como si nada cuando te cansas, ¿no cierto? 
Seguro me arrepentiría de esta decisión, pero lo que él perdía en pelo a medida que pasarán los años yo lo iba a ganar en amor propio a medida que transcurrieran los días en los que yo no lo desbloqueará.
Era el punto final de la historia. No más pensar en si me lo cruzará, no más pensar en estrategias para que me hablé, porque evidentemente no le importaba. ¿Qué me hacia creer que sí? Quizás mi parte más desilucional y egocéntrica, mi parte más ilusa y trastornada. Mi parte que hace que le rescate algo bueno a las personas que son completamente malvadas. Mi lado compasivo. Él no era digno de ello.
No más pensar en escribirle para su cumpleaños, que era en unos días, no más pensar en si quizás se acordaba de escribirme para mí cumpleaños que era un par de días después del suyo (¿vos realmente crees que ese sujeto se acuerda?), no más ser lisa y llanamente una mujer patética. 
Se terminaba ese año compuesto por cuatro meses de su cacería, tres meses de una película de fantasía de bajo presupuesto y cuatro meses de cobardía, doce meses que le había obsequiado por qué sí, cuando sabía que eso no era para mí.
Al final, a una siempre la trauman los que más ganas de conocerte tienen.   
Adiós, el hombre más pequeño que jamás haya existido, te quedaste bastante cortito. Lo que tenes de inteligente lo tenes de desalmado. Quizás deberías ir más a terapia y menos al gimnasio. Lo que das a nivel físico debería ser menos de lo que das a nivel emocional.
Suena dolida y resentida, pero es que lo estoy. ¿Y por qué no habría de poder estarlo? Si ese hombre me dañó. 
La despedida del marrano* y yo.

*ese es el apodo que le di, así lo conocen mis amigas, porque ni siquiera su nombre se acuerdan.  
**sí, hay muchas referencias a canciones, porque las chicas somos así, melódicas: please, please, please - right were you left me - clean. Nunca una canción de amor, ¿no? 
***si llego a volver a escribir una entrada sobre este hombre, por favor, sean tan amables de decirme "che, no da". Gracias. 

lunes 19 de agosto de 2024

El domingo estaba muerto y el lunes solamente había vivido una hora y cuarenta y nueve minutos.
Era la madrugada y yo me encontraba inmersa en mis pensamientos antes de irme a dormir. 
Él no me habló. No me siguió en una red social, no me mandó ningún mensaje, no hizo nada para querer mantenerme en su vida. 
Pensé en manifestarme, pero no lo hice. Se ve que después de todo conservo un poco de mi dignidad.
¿Qué le iba a decir a mi ego? ¿Y a mí en febrero que lo había idealizado? ¿Tenía que enfrentarme y decirme que me había equivocado?
Todas y cada una de mis verisones que lo esperaban y se aferraban a esa remota posibilidad de que se ponga en contacto ni bien pise mi ciudad se habían desvanecido en el aire.  
Quería llorar, pero no lo hacia. ¿Cómo podía estar regalándole mis lágrimas a un hombre así? ¿Desde cuándo me conmovían los asesinos seriales que destripaban corazones de mujeres enamoradizas?
Entré en shock con la verdad. Alguien me dijo que no podía seguir aferrada. Que me aleje de él. Que destruya toda la imagen ficticia que le había creado, ese personaje de cuentos de hadas y que mire lo que se encontraba sobre la mesa. 
El destrato. La humillación. El dolor. El martirio. 
Me dolió. Comprendí. Y así, sin más, la realidad me golpeó en la cara. 
El plazo se había vencido y era lo mejor que me podía haber sucedido. Pretendía ingerir un alimento vencido, consecuentemente me iba a enfermar, pero algo más grande que una misma lo impidió. 
Supongo que ahora si llegó el momento de decir adiós.
Un adiós que me sana a mí. 
Un adiós que necesito, porque lo merezco.
Un adiós que postergué demasiado. 
Sea como sea y sea lo que sea es un adiós.
Tres meses y veintidós días. Ciento trece días. 
Le agarro la mano al tiempo y salgo volando. 

viernes 16 de agosto de 2024

Hoy es viernes por la mañana. Me estoy tomando un café. Estoy trabajando. 
Él no ha vuelto. Todos se manifiestan, todos se ponen en contacto, menos él. 
Y no puedo evitar pensar si él no me habla porque realmente no lo quiere hacer o no me habla porque es muy orgulloso como para admitir el error. 
Un parte de mí cree que no me habla porque quizás no sabe que yo quiero que me hable. Quizás, entre todas aquellas ideas que le comuniqué, recuerda cuando le comenté que yo no volvía. Para mí las historias cuando terminan no terminan, porque las sigo duelando, pero cuando decidí que ese vínculo ya no me genera nada lo dejo en el olvido. 
Tal vez no se acuerda nada de mí y tal vez no me dedica un espacio en su mente ni un minuto a la semana. 
Es increíble como para alguien un día puede ser tan inmenso y doloroso, y para el otro es un día común y corriente. Al final, somos todos percepciones. Perspectivas. Puntos de vistas. 
Reflexiono sobre la importancia de la paciencia. La paciencia del agua sobre cada piedra. Así se llamaba un libro que leí hace unos meses, que el título no tenía mucho que ver sobre lo que se trataba el libro en sí, pero fue una frase que se me quedó en la cabeza. Cuan paciente es el viento, el agua, para erosionar las rocas. El paso del tiempo siempre modifica las cosas, las personas. 
¿Cuánto tiempo más tendré que esperar su contacto? 
La incertidumbre. Evitar caer en la tentación y mucho más importante, evitar caer en la locura. 
Sé que va a volver. Una vez leí que los hombres nunca vuelven si han querido mucho a esa mujer y ella los lastimó. Este no es él caso. Él nunca me quiso, yo nunca lo lastimé. Por ende, según la lógica, tiene que volver. 
La lección más valiosa que aprendí es la paciencia. La espera. El año pasado también tuve que esperar. ¿Valió la pena esa espera? Quizás no, porque cuando se dio lo que deseaba ya se sentía igual que se hubiese sentido si hubiera sido meses atrás. Obtuve en octubre lo que quise en febrero. Y en febrero lo pude tener pero lo deje escapar, como el agua cuando se escurre de los dedos cuando se pretende agarrarla. Podría haberla hecho hielo, para manipularla y que no se vaya, pero no quise. 
Todo es decisiones. Todo es voluntad. 
Para una persona como yo, donde la ansiedad domina la mente y materializar el primer pensamiento que se atraviesa es una papa caliente, estos ejercicios me nublan la vista. 
No quiero esperar más. No puedo esperar más. 
Si vuelvo al pasado mi vida siempre se basa en esperar. Esperar al fin de semana para salir a tomar un trago, esperar a salir del trabajo para dormir la siesta, esperar a estabilizarme económicamente para mudarme, esperar a determinada edad para hacer tal cosa, esperar a independizarme para desvirtuarme. Todo es esperar. Posponer. Esperar.
Quizás la vida se basa en esperar y lo que en realidad hay que hacer es conseguirse el mejor sillón de todos, porque si se va a esperar, por lo menos que sea una espera cómoda. 
Mi sillón es rosa, con un apoya pies y un tamaño de casi cama. 
Intenté conectar con otras personas, pero en este mundo superficial, en donde en todo momento se tiene que estar haciendo algo porque sino se está desperdiciando la vida (y el tiempo), la gente está ocupada. O no está interesada. Pero del interés nace la duda, ¿si no queres conocer nuevas personas por qué circulas por la vida con un cartel que dice "abierto"? No te ofrezcas. 
Puede ser que una vez más mi forma más oscura se apodere de mí y renazca la maldad que llevo años y años tratando de ocultar. Y llega un punto en el que concluyo que quizás todo esto me lo merezco, por los pecados que he cometido. Pero, ¿cuánto años más tengo que pagar el dolor que he inflingido? 
¿Qué tan lejos ha dañado mi necesidad de ser reconocida? ¿Mi ego? ¿Mi alta autoestima? Pues tal vez no es tan alta como se pensaría. 
Al fin y al cabo, él no se contactó. 
No. Él no me mandó ningún mensaje ni de texto ni por alguna aplicación o red social. 
No. Para él lo "nuestro" terminó aquel día que decidió tratarme como si yo no fuese un ser humano. Es que en realidad para él nunca hubo algo nuestro.
¿Me dolía aceptarlo? Si. No iba a mentir. 
Lo que pasaba era que me desconcertaba el hecho de que había desbloqueado, pero pareciera que la respuesta a esa pregunta era más sencilla de lo que yo imaginaba: estaba aburrido y decidió que era tiempo de sacarme de prisión. Así, sin más. 
Hacia poco yo también había realizado el mismo ejercicio: había liberado personas. ¿Por qué? No sé. Consecuentemente, tiempo después, él me liberó a mí. Coincidencias extrañas que no terminan ahí.
Alguien que deje en libertad volvió en forma de "solicitó seguirte" y mi primer pensamiento fue "¿por qué lo desbloqueé? Lo voy a volver a bloquear" y ahí estaba la revelación divina sobre mí: ¿y si él piensa lo mismo si lo vuelvo a seguir? ¿O me pongo en contacto?  
Todo era un espejo. Cualquier actitud que yo tenía, al tiempo él también la tenía. Era como si siguiera mis pasos o como si el universo meneara en un movimiento continúo la cabeza de arriba a abajo mientras esboza una media sonrisa apretada y me susurrara un "ajám" para luego encoger los hombros abriendo las palmas de las manos para que miren el cielo.
No estaba aprendiendo.  
Todavía quedaban tres días del plazo que me había puesto y las esperanzas ya estaban desmoronándose. 
Todos los pensamientos negativos me invadían: él no me iba hablar, no iba a volver, no lo iba a ver nunca más. Pero mi parte delirante creía que quizás si, pero sabía que no en este momento.
Había interaccionado con otros hombres, porque tener el corazón roto y vivir en una fantasía no significa que una no pueda darse el lujo de permitirse conocer en otros. 
Me había "gustado" alguien. Y si, di el primer paso. ¿Qué importaba? Si yo siempre había sido así, arriesgada. En el fondo, pese a que sí, realmente nunca me había interesado lo que podían opinar los demás de mí. Hasta hace unos años atrás. 
Hubo un momento de quiebre a lo largo de mi vida en donde todo me empezó a dar más vergüenza, que realmente asocio con el hecho de que crecí, maduré.
Es normal que antes no me torturará con lo que le dije borracha a un hombre un sábado por la noche en un boliche, pero ahora ya me daba pudor. 
Era grande, era una profesional y tenía un estatus social. No podía seguir comportándome como una nena de dieciséis años, por mucho que quisiera. 
Había "conocido" a alguien, me había gustado su apariencia física, pero en realidad no sabía cómo era su personalidad, porque simplemente habíamos intercambiado un par de palabras en una red social el domingo por la noche. 
Días después, no me había contestado más, pero la historia recién empezaba. O no, o quizás eso muera ahí y nunca más vea mi mensaje y yo vuelva a conocer a alguien y esa historia también muera y así sucesivamente mientras yo sigo pensando en que él tal vez en dos días me hable, aunque no lo vaya hacer. 
Y llegará fin de año y seguiré pensando en por qué le contesté ese mensaje en septiembre del año pasado y decidí conocerlo en febrero de este.
¿Acaso algún día obtendré las verdaderas respuestas a todas las preguntas que me haré de acá al final de ese hombre en mí corazón?
No. 
Siguiente pregunta. 
A veces llego a la conclusión de que tengo que pensar menos. Ja. 

jueves 8 de agosto de 2024

Tenía una certeza: el próximo lunes ese maldito y sensual hombre iba a estar en la ciudad. 
En mi ciudad. 
Realmente no sabía si ya se encontraba acá, si se había ido, cuándo se había ido, si había vuelto, cuándo había vuelto, pero estaba cien por ciento segura de que en exactamente tres días su presencia inundaría las calles de este lugar. Y lo sabía porque algo lo conocía, y como algo lo conocía lo percibía. Aunque siendo sincera no lo conocía. 
¿Me lo volvería a cruzar?
¿Nos volveríamos a tropezar?
En exactamente tres días empezaba el juego: ¿cuánto tiempo podía mantenerme cuerda sin caer en la locura que implicaba que ese hombre todavía no se había puesto en contacto conmigo?
Sólo era cuestión de tiempo para que mi mente enloquezca por completo. Realmente estaba desesperada. Planeaba ocupar mis días imaginando en la conversación que tendríamos. Aunque a veces se me inundaba la casa llena de ¿y si no me habla?
¿Cuántos días podría tolerar sin chocarme contra la pared de ser yo la estúpida que tire por la borda toda su buena conducta? ¿Que arruine su desaparición, su firmeza y su valor, todo lo que había aprendido en este último tiempo, todo el amor propio que me había construido y toda esa imagen montada de que para mí, él, no existía más, lisa y llanamente por impaciente?
Jamás practiqué la paciencia. Reconozco ser ansiosa. Pero también soy orgullosa y quizás eso es lo que me va a mantener viva.
Tal vez mis días resultan ser un poco aburridos y pensar en el intercambio de palabras que tendríamos era algo que por más que me genere descontrol también me mantenía estable. 
No podía dejar de pensar en todo lo malo que tenía él. 
Recordaba su despedida. Cuánto y cómo me dolió. El día en que lloré. Lo mal que me sentí. 
Recordaba cómo me acariciaba y lo mucho que me gustó. Pensaba en su sonrisa y en lo alto que era. 
No podía hacer equilibrios, lo malo pesaba más que todo lo bueno, es más, rompía la balanza, pero aún así lo anhelaba. 
Era patética. No lo podía negar.
Tenía otra certeza: él había pensado en mí. 
¿Por qué tomó todas las decisiones que tomó? 
Otra vez mi vieja amiga me visitaba: la incertidumbre.
Otra vez volvía hacerme las inconclusas preguntas, otra vez intentaba darle una vuelta de tuerca a lo que no tenía razón alguna. 
Todavía no había tocado fondo, pero estaba segura que lo haría.
Si ese hombre no me enviaba un mensaje o solicitaba seguirme en las redes sociales antes del domingo dieciocho de agosto lo dejaría ir, de una vez por todas.
Sabía que tenía que darle un plazo a mi corazón, pero lo mejor para mi salud mental era verlo partir.
Lo había decidido. 
Si en nueve días él no volvía, yo me iba. 

miércoles 7 de agosto de 2024

Había llovido todo el día. Había sido uno de esos en los cuales llueve, llueve y no para de llover. Si salías a la calle corrías con el riesgo de terminar completamente empapada. De tropezarte con el suelo húmedo, de mojarte las zapatillas y las medias, de volver con el pelo como si fueses una leona, aunque sabías que de animal salvaje no tenías nada, que eras una pobre gata aullando bajo la lluvia. 
Mi única meta para ese día ir hasta el puesto del diariero de mi barrio para poder acceder a una nueva colección de novelas que salía hoy. La chicas románticas ansiabamos por esa edición de Orgullo y Perjuicio con tapa dura decorada con un pavo real rodeado de dorado y verde seco. No pude. 
Mi mente, al verse desolada por no haber logrado el máximo objetivo del día, acompañada de la  lúgubrosidad del cielo gris que no paraba de inundarnos con su agua fría, se vio prácticamente obligada a pensar en él.
La única conclusión posible era: ese hombre lo único que me genera es ansiedad.
Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad.
Ansiedad porque no me hablaba.
Ansiedad porque ya había pasado más de una semana desde que me había dado cuenta que me había desbloqueado y él seguía sin emitir un juicio final. 
Ansiedad porque quería que me pida perdón.
Ansiedad porque quería verlo, aunque sabía que no podía.
Ansiedad porque no lo podía hablar con nadie, porque si se lo contaba a mis amigas iban a poner el grito en el cielo y me iban a decir un montón de palabras que no quería escuchar.
Vergüenza porque me sentía estúpida. 
Vergüenza porque seguía esperando a un hombre que sólo me había hecho daño.
Vergüenza porque aunque sabía todo lo que tenía que hacer me inundaban las ganas de hacer todo lo contrario. 
Vergüenza porque ocupaba mis días con la imagen viva suya corriendo a mis brazos.
Vergüenza porque veía videos y sólo los relacionaba con él, a él. 
Vergüenza porque habían pasado ocho meses del año y yo se los había obsequiando todos a él, cuando solamente compartimos tres.
Vergüenza porque él seguramente había re-hecho su vida, había vuelto a salir con mujeres y yo solo era una más del montón, algo fugaz que no se dio, es que en realidad no había nada para darse.
Todo lo malo empezaba con su nombre. Todo lo bueno empezaba con salir corriendo de ese pozo en el que me encontraba sumergida y pese a ver con claridad la escalera que me llevaba a la libertad, mis piernas no me respondían, parecía que tenían ganas de quedarse ahí, en cuclillas, tratando de descifrar cuál era aquella negra figura que se vislumbraba en la oscuridad. 
¿Por qué no podía salir de ese agujero que yo misma había construido?
¿Por qué me negaba rotundamente a asomar la cabeza y ver que en realidad había algo más que el olvido? 
¿Era por el hecho de quién me había empujado hacia este era él? 
¿Estaba cómoda ahí, tirada en el piso, con una mala postura y una mala sensación que me recorría el cuerpo completo? 
No lo entendía.
No lo entendía a él, 
a mí, 
al destino, 
al universo,
a la fortuna, a la suerte, al azar, a la vida, a la magia, al encuentro, al lugar, al momento, y a toda esa manga de fuentes de energías y/o sartas de pelotudeces a la que una le atribuye las dichas y las desgracias.
Por mí, se podían ir todas y todos por donde vinieron. 
Estaba harta. La ansiedad cada día me consumía más y más y más y más y más y más y más, en un loop infinito, que empezaba ayer y terminaba dentro de mil ochocientos nueve años. 
Indagando de forma más profunda, el problema radicaba en que la ansiedad no sólo me la generaba ese hombre, sino que él era la excusa perfecta para evadir mis inquietudes reales.
Mis preocupaciones laborales, monetarias y salubres. 
Quizás por eso no salía de ese lugar de mala muerta al que había sido arrojada, y había permitido que me arrojen, porque salir y caerme en otro agujero, construido cien por ciento por mí y ser arrojada pura y exclusivamente por mí, era una responsabilidad que no quería afrontar, necesitaba un chivo expiatorio, alguien a quien culpar y odiar.
Aunque a él no lo odiaba. Lo deseaba. 
Afuera seguía lloviendo. 
Había leído un libro, había empezado una serie, había mirado la televisión, me había tomado un café, había hecho ejercicio, había escuchado música y aún así, la silueta de ese hombre no se iba.
¿Acaso estaré poseída? 
El otro día, entre risas, mi amiga me dijo: ¿te habrá hecho un amarre? 
¿Por qué lo haría, no?
Y ahí estaba de nuevo, inventando una excusa para seguir aferrándome. 

domingo 4 de agosto de 2024

A mí edad, tomar alcohol como lo hice anoche, debería ser ilegal. Más allá de esa cuestión númerica, la parte recuperativa que tenía en mi adolescencia murió con ella. El vino blanco es un gran aliado, pero el mayor enemigo: el dolor de cabeza que te deja es proporcional al desorden que genera un hombre en tu vida cuando decide irse de la nada, sin dar ningún tipo de explicaciones, porque cuando una sabe que será dejada, las señales se ven. Como decía, el problema radica en cuando no existen esas señales, o quizás si, pero una compró demasiado con la versión que se creo de él, idealizada, y no puede salir de esa burbuja. Pero es distinto, porque las otras señales son muy claras. Todas alguna vez las hemos visto, que nos hayamos hecho las tontas es otra cosa.
Ahí estaba, un domingo, después de salir al mismo boliche de siempre, con mis amigas de siempre, retorciéndome en la cama porque me dolía la cabeza, y como de costumbre, empecé a pensar en él. Una pequeña parte de mí estaba orgullosa por el simple hecho de que había estado bastante tomada y en ningún momento por mi mente se había cruzado el dañino pensamiento de verle las redes o en el peor de los casos hablarle, pero más allá de lo descabellado que puede verse esto que estoy escribiendo, y probablemente ya me esten enviando a terapia, no haber pensando en él en mi mayor momento de debilidad de cierta forma era reconfortante. ¿Con qué se conformaba, no? 
De repente, tuve ganas de llorar. No sé si era que todavía quedaba en mi cuerpo la resaca del alcohol que ingerí o si era domingo y por ende estaba más sensible, pero me encontré brotando lágrimas de mis ojos. ¿Eran de bronca? ¿De dolor? ¿De tristeza? ¿De amor? 
Lloré y me sentía muy estúpida por estar llorando por esa estupidez, pero era algo que me sacaba de mi eje. Lo peor de todo es que ni siquiera podía llorar, yo, que siempre lloraba y era algo que me resultaba natural, nunca fui una persona que oculte o restringa sus emociones, si tenía que llorar lloraba, pero esta vez no podía, quizás porque sabía que estaba llorando por algo que no tenía sentido alguno y que hería gravemente mi ego. Ese hombre me había lastimado y no le había importado y lo peor de todo era que yo seguía aferrada, estancada, a lo que nunca existió, me había agarrado firmemente a lo poco que me dio. Él me estaba haciendo llorar incluso días y días más tarde.
Después de esa llorada bastante anormal, me refugié en lo que me calma la mente: el tarot. O más bien calla un poco la ansiedad de mi cerebro, que me pide a gritos todo el tiempo que él vuelva. En palabras textuales las cartas me decían que "me invitan a ser paciente y abierta a las posibilidades, ya que el tiempo tiene su propia forma de ayudar a que los eventos se resuelvan. Confiar que las cosas se moverán en la dirección correcta es clave en este momento" y a su vez me decían que suelte a ese hombre. Sé que lo haré. En algún momento lo haré. No me voy a forzar a odiarlo ni tampoco voy a esperarlo. Necesito darle al tiempo todo lo que necesita para que mi corazón sane, y eso es lo que estoy haciendo. He desaparecido, pero estoy sufriendo en silencio, poco, pero sufro, aunque de todas formas eso no me impide conocer a otros hombres.
Y hablando de otros hombres, aquel con el que me vi aquella vez, el que intuí que me había borrado de su círculo cercano, ayer apareció en forma de "me gusta", pero se estrelló contra la pared y se cayó a pedazos cuando visualicé que se mudó con la chica con la que supuestamente tenía una relación abierta. ¿Acaso me mintió? No me sorprende, pues estoy acostumbrada a que los hombres mientan que probablemente me haya engañado. A raíz de esto, no puedo evitar preguntarme: ¿Qué es lo que pasa con el sexo masculino? ¿Acaso hay una perversión a ser infieles y mentirosos hasta el fin de los días? 
Y ahora les pregunto, ¿alguna vez han visto una relación abierta en la cual él no haya visto a nadie, por más que la relación sea abierta, hace un año y medio, y que de repente, de un día para el otro, luego de intentar conquistarte por meses, que aceptes, se vean, desaparezca y una semana después blanquee se que fueron a vivir juntos? Yo no, es la primera vez. Quizás soy un poco retrógrada o mis conceptos están un poco desactualizados o puede ser que mi forma de amar no me permite concebir esa idea, pero para mí eso no encaja en una relación abierta, eso es una relación consolidada. Entonces, ¿acabo de participar en un evento de infidelidad? Mis principios de sororidad están vigentes desde hace años, cuando los aprendí, por ende, el hecho de que probablemente me hayan mentido para haber engañado era algo que no me parecía muy progre. De todas formas, ese hombre había sido algo de una sola vez.
Pero, como decían mis amigas, si era de una sola vez y no me interesaba, ¿por qué analizaba esto? Y creo que la respuesta es obvia, es que me tocó en donde más me duele: el ego. Pero bueno, al fin y al cabo no hay remedio para curar el mal que es ser hombre.
Más allá de todo, hoy son tres meses y siete días, y parece que recaí, como si tuviese una enfermedad terminal.
Todavía sigo pensando en él, todavía lloro a escondidas y todavía tengo la fantasía de que se va a poner en contacto conmigo, pero eso no me impide seguir avanzando y tampoco hace que haya perdido mi fe en que algún día encontraré el amor.
Sé que ahí afuera hay un hombre que me va amar de la forma en que merezco ser amada.
Como dice la amiga más personal de las chicas torturadas Carrie Bradshaw: "después de que él se fue lloré una semana y luego me di cuenta que tengo fe, fe en mí misma, fe de que algún día conoceré a alguien que va a estar seguro de que soy la indicada". 

viernes 2 de agosto de 2024

Lo peor que podía pasar estaba pasando: me encontraba, desde aquel lunes, esperando que llegue su maldito mensaje. 
Algo muy dentro mío me decía que él se iba a poner en contacto, porque era obvio, si se había tomado la molestia de desbloquearme era precisamente para hablarme. Si no, ¿por qué lo haría? ¿Para torturarme? Si él no sabía si yo ya lo había olvidado, si había iniciado una nueva relación o si todavía seguía como una estúpida atada a esta horrorosa no relación? 
La misma diyuntiva de siempre, si sabía todas las respuestas a las preguntas que me hacía, que todas eran iguales: a él no le interesas y no quiere ni va a querer algo serio con vos, porque alguien que te "quiere" no te trata así (en mi mente se repiten como un loop las palabras de mis amigas: te voy a matar, acordate de cómo te trato), ¿por qué seguía haciéndomelas? ¿Que creía que iba a encontrar en ellas, una respuesta distinta? 
Estaba en el pico más alto de la locura y eso, para mi bienestar emocional y mental, no era lo mejor. Obviamente. Pero, pese a que sabía todo, sabía que era lo mejor para mí y que era lo que me hacía mal, decidía dedicarle mi tiempo a pensar en este hombre, que sinceramente no lo valía. Pero no importa, no le voy a quitar mérito, porque evidentemente algo tiene de estima, como para que lo este idealizando. 
Para mí, la solución es sencilla, estoy mal de la cabeza. Siempre lo estuve. 
Quizás me aferro a esto porque es una historia que me mantiene viva, que me permite distraerme de la monótona rutina y le da un poco de drama a mi vida. Es como una especie de motivación paupérrima que me hace seguir adelante, me da una especia de razón para levantarme y vivir mi día. 
Es horroroso lo que estoy diciendo, pero debe ser, a ciencia cierta, la verdad.
Por otro lado, esto también me permite sobrellevar el hecho de que el hombre que vi aquella noche, hace menos de una semana, no se ha vuelto a poner en contacto conmigo, y sinceramente no me interesa, porque en el momento que abandoné su hogar ya había tomado la decisión de no volver a verlo, es que él precisamente es un medio de escape de toda esta locura que tengo de seguir pensando en un hombre que me hirió profundamente. Para mí, fue uno más. Uno más que permití conocer para darme cuenta que puedo avanzar y que no voy a estar todo mi año estancada en el muelle del mar, esperando que aquel horrible ser humano vuelva con el barco cansado, que me pida ayuda, porque se ha perdido y que le empuje su vehículo que se ha encallado. Entonces, con mi buena voluntad, seré tan ilusa de subirme allí y auxiliarlo, para que cuando me de vuelta para abrazarlo él ya haya, nuevamente, zarpado.
Creo que lo peor de todo es que se cómo termina esta historia, pero de todas formas tengo ganas de escribirla, contarla y escucharla. 
No sólo ese hombre no se contactó más conmigo, sino que, estimo que me ha borrado de su vínculo cercano de amigos en las redes sociales, lo que me resulta extraño, porque, consecuentemente, también era él quien moría de ganas de verme. En algún momento de mi vida podría pensar que los decepciono, pero hoy en día, que he crecido, pienso todo lo contrario: ellos se encuentran con mucho, que no pueden manejarlo. 
Quizás en el fondo se activa un poco mi herida de rechazo, que considero haber sanado, pero de vez en cuando no me doy cuenta y ha sangrado. 
El hecho de sumergirme en mi mundo de fantasía en el cual él vuelve en su caballo blanco, me levanta en el aire, me sube y me dice "huyamos", es lo que me mantiene alejada de pensar por qué ese otro hombre me ha evitado. 
Supongo que tengo la habilidad de encontrar algo bueno en todo lo malo. 
Con mucha fe espero que en la próxima entrada que escriba él no me haya hablado, ninguno de los dos, que todos se vayan por donde han venido y me dejen vivir en paz, porque mi capacidad creativa es gigante y mis esperanzas en el amor son infinitas, aunque sé muy bien que el amor no se encuentra en ninguno de ellos dos, pero bueno, en el trayecto nos divertimos un poco (más bien sufrimos un poco, un poco mucho, pero mi vida con drama es el toque, es lo que la hace distinta, forma parte de mi esencia, mi personalidad).
Entonces, en el fondo deseo que vuelva y me hable, pero más en el fondo sé que eso es una de las tantas formas de asesinarme. 

lunes 17 de noviembre de 2025

Mi fantasía más recurrente es aquella en la que él me escribe un simple " hola ". Le respondo un " hola " y de nuevo emp...