jueves 8 de agosto de 2024

Tenía una certeza: el próximo lunes ese maldito y sensual hombre iba a estar en la ciudad. 
En mi ciudad. 
Realmente no sabía si ya se encontraba acá, si se había ido, cuándo se había ido, si había vuelto, cuándo había vuelto, pero estaba cien por ciento segura de que en exactamente tres días su presencia inundaría las calles de este lugar. Y lo sabía porque algo lo conocía, y como algo lo conocía lo percibía. Aunque siendo sincera no lo conocía. 
¿Me lo volvería a cruzar?
¿Nos volveríamos a tropezar?
En exactamente tres días empezaba el juego: ¿cuánto tiempo podía mantenerme cuerda sin caer en la locura que implicaba que ese hombre todavía no se había puesto en contacto conmigo?
Sólo era cuestión de tiempo para que mi mente enloquezca por completo. Realmente estaba desesperada. Planeaba ocupar mis días imaginando en la conversación que tendríamos. Aunque a veces se me inundaba la casa llena de ¿y si no me habla?
¿Cuántos días podría tolerar sin chocarme contra la pared de ser yo la estúpida que tire por la borda toda su buena conducta? ¿Que arruine su desaparición, su firmeza y su valor, todo lo que había aprendido en este último tiempo, todo el amor propio que me había construido y toda esa imagen montada de que para mí, él, no existía más, lisa y llanamente por impaciente?
Jamás practiqué la paciencia. Reconozco ser ansiosa. Pero también soy orgullosa y quizás eso es lo que me va a mantener viva.
Tal vez mis días resultan ser un poco aburridos y pensar en el intercambio de palabras que tendríamos era algo que por más que me genere descontrol también me mantenía estable. 
No podía dejar de pensar en todo lo malo que tenía él. 
Recordaba su despedida. Cuánto y cómo me dolió. El día en que lloré. Lo mal que me sentí. 
Recordaba cómo me acariciaba y lo mucho que me gustó. Pensaba en su sonrisa y en lo alto que era. 
No podía hacer equilibrios, lo malo pesaba más que todo lo bueno, es más, rompía la balanza, pero aún así lo anhelaba. 
Era patética. No lo podía negar.
Tenía otra certeza: él había pensado en mí. 
¿Por qué tomó todas las decisiones que tomó? 
Otra vez mi vieja amiga me visitaba: la incertidumbre.
Otra vez volvía hacerme las inconclusas preguntas, otra vez intentaba darle una vuelta de tuerca a lo que no tenía razón alguna. 
Todavía no había tocado fondo, pero estaba segura que lo haría.
Si ese hombre no me enviaba un mensaje o solicitaba seguirme en las redes sociales antes del domingo dieciocho de agosto lo dejaría ir, de una vez por todas.
Sabía que tenía que darle un plazo a mi corazón, pero lo mejor para mi salud mental era verlo partir.
Lo había decidido. 
Si en nueve días él no volvía, yo me iba. 

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