El domingo estaba muerto y el lunes solamente había vivido una hora y cuarenta y nueve minutos.
Era la madrugada y yo me encontraba inmersa en mis pensamientos antes de irme a dormir.
Él no me habló. No me siguió en una red social, no me mandó ningún mensaje, no hizo nada para querer mantenerme en su vida.
Pensé en manifestarme, pero no lo hice. Se ve que después de todo conservo un poco de mi dignidad.
¿Qué le iba a decir a mi ego? ¿Y a mí en febrero que lo había idealizado? ¿Tenía que enfrentarme y decirme que me había equivocado?
Todas y cada una de mis verisones que lo esperaban y se aferraban a esa remota posibilidad de que se ponga en contacto ni bien pise mi ciudad se habían desvanecido en el aire.
Quería llorar, pero no lo hacia. ¿Cómo podía estar regalándole mis lágrimas a un hombre así? ¿Desde cuándo me conmovían los asesinos seriales que destripaban corazones de mujeres enamoradizas?
Entré en shock con la verdad. Alguien me dijo que no podía seguir aferrada. Que me aleje de él. Que destruya toda la imagen ficticia que le había creado, ese personaje de cuentos de hadas y que mire lo que se encontraba sobre la mesa.
El destrato. La humillación. El dolor. El martirio.
Me dolió. Comprendí. Y así, sin más, la realidad me golpeó en la cara.
El plazo se había vencido y era lo mejor que me podía haber sucedido. Pretendía ingerir un alimento vencido, consecuentemente me iba a enfermar, pero algo más grande que una misma lo impidió.
Supongo que ahora si llegó el momento de decir adiós.
Un adiós que me sana a mí.
Un adiós que necesito, porque lo merezco.
Un adiós que postergué demasiado.
Sea como sea y sea lo que sea es un adiós.
Tres meses y veintidós días. Ciento trece días.
Le agarro la mano al tiempo y salgo volando.
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