Estaba consciente que la estupidez mental iba a ser parte de mí durante toda mi vida.
Obviamente hice lo que cualquier persona que me conozca, aunque sea un diez porciento, hubiera pensado que hice.
Sí.
Lo desbloqueé.
Pero, ¿por qué bloquearlo? No podía demostrarle que me había importado. Mis amigas, mi blog, todas y todos que no fueran él podían saber el dolor que me había causado, todo el mundo menos él. Era un secreto, de esos que se guardan bajo llave.
Si por alguna bendita casualidad a él se le ocurría que era buena idea mirar mi perfil iba a encontrarse con la noticia de que lo había bloqueado. Se daría cuenta que me di cuenta. Se daría cuenta que lo observaba. No lo podía permitir.
Podía hacer algo mejor si decidía volver: ignorarlo.
En fin, no me servía tenerlo bloqueado.
En menos de veinticuatro horas y antes de que sea demasiado tarde él volvía tener libertad.
Lo peor de todo es que no sé absolutamente nada de su vida. Probablemente tenga una relación seria y estable o probablemente tenga un vínculo como el que tuvimos, mientras que lo único hago es entrar en las aplicaciones de citas y rogar interaccionar con un ser humano normal.
Igual ojalá que este acompañado, pero mal acompañado y que cada dos por tres se acuerde de mí.
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