Había llovido todo el día. Había sido uno de esos en los cuales llueve, llueve y no para de llover. Si salías a la calle corrías con el riesgo de terminar completamente empapada. De tropezarte con el suelo húmedo, de mojarte las zapatillas y las medias, de volver con el pelo como si fueses una leona, aunque sabías que de animal salvaje no tenías nada, que eras una pobre gata aullando bajo la lluvia.
Mi única meta para ese día ir hasta el puesto del diariero de mi barrio para poder acceder a una nueva colección de novelas que salía hoy. La chicas románticas ansiabamos por esa edición de Orgullo y Perjuicio con tapa dura decorada con un pavo real rodeado de dorado y verde seco. No pude.
Mi mente, al verse desolada por no haber logrado el máximo objetivo del día, acompañada de la lúgubrosidad del cielo gris que no paraba de inundarnos con su agua fría, se vio prácticamente obligada a pensar en él.
La única conclusión posible era: ese hombre lo único que me genera es ansiedad.
Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad. Ansiedad.
Ansiedad porque no me hablaba.
Ansiedad porque ya había pasado más de una semana desde que me había dado cuenta que me había desbloqueado y él seguía sin emitir un juicio final.
Ansiedad porque quería que me pida perdón.
Ansiedad porque quería verlo, aunque sabía que no podía.
Ansiedad porque no lo podía hablar con nadie, porque si se lo contaba a mis amigas iban a poner el grito en el cielo y me iban a decir un montón de palabras que no quería escuchar.
Vergüenza porque me sentía estúpida.
Vergüenza porque seguía esperando a un hombre que sólo me había hecho daño.
Vergüenza porque aunque sabía todo lo que tenía que hacer me inundaban las ganas de hacer todo lo contrario.
Vergüenza porque ocupaba mis días con la imagen viva suya corriendo a mis brazos.
Vergüenza porque veía videos y sólo los relacionaba con él, a él.
Vergüenza porque habían pasado ocho meses del año y yo se los había obsequiando todos a él, cuando solamente compartimos tres.
Vergüenza porque él seguramente había re-hecho su vida, había vuelto a salir con mujeres y yo solo era una más del montón, algo fugaz que no se dio, es que en realidad no había nada para darse.
Todo lo malo empezaba con su nombre. Todo lo bueno empezaba con salir corriendo de ese pozo en el que me encontraba sumergida y pese a ver con claridad la escalera que me llevaba a la libertad, mis piernas no me respondían, parecía que tenían ganas de quedarse ahí, en cuclillas, tratando de descifrar cuál era aquella negra figura que se vislumbraba en la oscuridad.
¿Por qué no podía salir de ese agujero que yo misma había construido?
¿Por qué me negaba rotundamente a asomar la cabeza y ver que en realidad había algo más que el olvido?
¿Era por el hecho de quién me había empujado hacia este era él?
¿Estaba cómoda ahí, tirada en el piso, con una mala postura y una mala sensación que me recorría el cuerpo completo?
No lo entendía.
No lo entendía a él,
a mí,
al destino,
al universo,
a la fortuna, a la suerte, al azar, a la vida, a la magia, al encuentro, al lugar, al momento, y a toda esa manga de fuentes de energías y/o sartas de pelotudeces a la que una le atribuye las dichas y las desgracias.
Por mí, se podían ir todas y todos por donde vinieron.
Estaba harta. La ansiedad cada día me consumía más y más y más y más y más y más y más, en un loop infinito, que empezaba ayer y terminaba dentro de mil ochocientos nueve años.
Indagando de forma más profunda, el problema radicaba en que la ansiedad no sólo me la generaba ese hombre, sino que él era la excusa perfecta para evadir mis inquietudes reales.
Mis preocupaciones laborales, monetarias y salubres.
Quizás por eso no salía de ese lugar de mala muerta al que había sido arrojada, y había permitido que me arrojen, porque salir y caerme en otro agujero, construido cien por ciento por mí y ser arrojada pura y exclusivamente por mí, era una responsabilidad que no quería afrontar, necesitaba un chivo expiatorio, alguien a quien culpar y odiar.
Aunque a él no lo odiaba. Lo deseaba.
Afuera seguía lloviendo.
Había leído un libro, había empezado una serie, había mirado la televisión, me había tomado un café, había hecho ejercicio, había escuchado música y aún así, la silueta de ese hombre no se iba.
¿Acaso estaré poseída?
El otro día, entre risas, mi amiga me dijo: ¿te habrá hecho un amarre?
¿Por qué lo haría, no?
Y ahí estaba de nuevo, inventando una excusa para seguir aferrándome.
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