Mayo había muerto al igual que el mes de abril, pero yo, yo seguía atrapada en ese domingo de otoño a las cuatro de la tarde, por lo que ese día todavía tenía signos vitales.
Mientras enterraba a mayo junto con los demás meses del año no podía evitar preguntarme si con el mes él también moriría.
Moriría en mi mente, moriría en mi corazón.
Había jurado no dedicarle más entradas, pero nunca fui buena cumpliendo promesas o guardando secretos.
Debía confesar que lo había desbloqueado y había optado por restringirlo, ya que, para ser completamente sincera, estaba desesperada por un mensaje suyo.
Quería que me hable y temía que si decidiera hacerlo no pudiera. Pero, ¿para que quería que me hable? Si sabía que mi mejor venganza era ignorarlo por toda la eternidad, hacerle darse cuenta que se había equivocado, que me iba a extrañar y que jamás tendría el privilegio de tocar mi piel una vez más.
Pero
a
él
nada
de
lo
que
hiciera
le
importaba.
¿Cuántas veces más me iba a repetir esa horrenda frase cuando me ponía a sobrepensar?
Sabía que con los días lo iba olvidando cada vez más, pero él era como una cascarita cicatrizando que a veces picaba y no podía evitar rascarmela.
Ya le había dedicado un mes entero a llorar su pérdida, le había regalado un mes entero a mi salud emocional para que se recomponga de a poquito, y no la culpo, la pobre termino bastante destrozada después de que sus palabras, que más palabras fueron bombas atómicas que impactaron de lleno sin ningún tipo de aviso, sin anestecia y sin necesidad.
Habíamos presenciado una gran catástrofe y no necesitariamente estábamos en guerra. Es más, ni una batalla luchamos. Simplemente se destruyo el lugar antes de que siquiera pudiera subirme al cuadrilátero. Ni tropas tenía.
Si bien sabía con certeza, y estaba convencida de que quería olvidarlo, el problema radicaba en que no sabía cómo o directamente no tenía ni la más pálida idea de por dónde empezar.
Las soluciones que se me ocurrían eran las siguientes:
Uno empezar terapia;
Dos salir con otros hombres;
Tres dejar que el tiempo lo cure todo.
Por más que siempre me gusto la poesía berreta y escribir a mansalva entradas en blogs que nadie jamás leía, la frase cliché de que el tiempo lo cura todo me parecía una forrada. Léase: una maldad totalmente cruel e innecesaria, como la presencia de él en mi vida.
Por otro lado, tenía la experiencia y madurez suficiente como para saber que no sirve de nada sacar un clavo con otro clavo, porque no tiene sentido. Todas estuvimos ahí y sabemos que no existe tal cosa.
La última opción que me quedaba era terapia. La última opción que me quedaba era aprender a sanar. Dejarlo ir.
Quizás era un primer gran paso dejar de fantasear con su vuelta y depositar esa energía en mí: en mi salud, en mis proyectos, en mi trabajo, en mis deseos, en mis vicios, en mi círculo social.
¿Podía o simplemente aprendería a vivir con él en mí como si fuese un lunar que me salió en la espalda? Se que está, pero no lo puedo ver a menos que use un espejo, es decir que haga una introspección.
Tal vez eso es lo que sucede, nunca nos olvidamos de las personas con las que compartimos pequeños trayectos del camino, sino que nos acostumbramos a caminar solos/as y agradecer que han venido.
Pero de él todavía no puedo agradecer nada, porque todo lo que fue es daño. Puede ser que deba agradecer ese daño porque a veces del caos nacen las cosas.
Entonces, ¿puede ser que él en realidad murió y no me di cuenta porque estaba tan preocupada en lamentarme que no me tomé el tiempo para ver si respiraba o si su corazón latía y solamente lo escondí en el placard de los muertos vivos mientras estoy esperando que resucite el treinta y uno de octubre o el primero de noviembre?
No lo sé, supongo que el tiempo lo cura todo.
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