Y ahí estaba, esa sensación de haber alcanzado una meta: había borrado su número y no le había visto las redes por tres días seguidos. Tampoco pensaba en él como lo hacia antes. No lo podía creer. ¿Acaso estaba sanando? Pero, ¿por qué no tenía ganas de interaccionar con otros hombres? ¿Era por qué todavía estaba fresca la herida o por qué realmente no estaba interesada en volver a pasar otra vez por lo mismo? Si no sabía que iba a pasar... Consecuentemente había dejado de ver esos vídeos de tarot que dicen "¿él te extraña?" "¿se arrepiente?" "¿romperá el contacto cero?" porque yo ya no necesitaba nada de eso, ya tenía una respuesta: no me extrañaba, no se arrepentía, no iba a romper el contacto cero. Además también tenía su insulso perdón, pero con eso me alcanzaba, porque sincero o no él estaba reconociendo que se había equivocado. ¿Así de fácil estaba cerrando la historia? Es que algo adentro mío me decía que iba a volver, un par de meses o un par de años después, pero él era el tipo de los que volvía. No negaré que por un par de semanas más me va atormentar el motivo por el cual tuvo ese cambio de actitud, aunque de todas formas realmente no importaba, es que no sumaba nada.
Me sentí poderosa, más bien empoderada. Sin querer queriendo lo estaba olvidando. Si bien me arrepentía de haberle hablado en el fondo realmente no lo hacía, ya que eso fue lo que me dio la paz que necesitaba. Quizás las palabras que utilicé y la ausencia de frialdad en mi contrarespuesta era el fantasma que me asustaba en mis momentos de soledad, pero esa soy yo, la que respondió fue mi verdadera yo, no esa que me inventaba cada vez que le hablaba o lo veía. Cada vez que andaba cerca de él caminaba en mis zapatitos de cristal. Entonces no debería arrepentirme, porque fui genuina, con él, por primera vez después de noventa días, pero bueno, era en una despedida. Irónico.
Mañana iba a ser un nuevo día, en tres días llegaba el fin de semana, en dos semanas se terminaba el mes y él no iba a ser parte de mi rutina. Sabía que en un año llegaría ese bendito domingo 28 de abril y me iba a reír de lo tonta que fui. También llegaría ese sábado 11 de mayo y recordaría, o no, el momento en que me quede esperando en la puerta viendo si todavía entraba un poco de luz o si la noche había caído para siempre, naciendo un sempiterno oscuro y duro invierno. Esa puerta se había cerrado y yo ya no pensaba en volver abrirla, pero lo más curioso en mí era que nunca les ponía candado, porque gastarse plata en comprar uno es darle demasiado valor a lo hay detrás de ese simple pedazo de madera. Él simplemente no lo valía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario