Soy un hombre y una estúpida.
Como de costumbre estaba scrolleando en mis redes de contenido audiovisual favorito cuando me di cuenta que él jamás estuvo interesado en mí.
Entendí que me hacía un tiempo en su vida cuando él quería y podía, como lo supe hacer yo al principio antes de interesarme en él.
Por más que él era quién proponía los planes, a la larga la que terminaba proponiendo era yo. Siempre decidía él. Nunca yo.
A él jamás le importe y jamás le iba a importar, porque estaba tratando de encontrarla a ella en mí y jamás lo iba hacer.
Además, yo era y ofrecía demasiado como para encajar en su concepto de relación. O lo que él quisiera.
Él no iba a volver. Me había cerrado dos puertas, pero había dejado una vía de comunicación abierta. ¿Acaso eso significaba algo? ¿Había estado esperando un mensaje mío desde el primer día solamente porque era muy orgulloso como para reconocer que me había tratado mal sin ningún motivo y porque se había dado cuenta que jamás iba a ser la chica simple que él desea? La chica que no manda muchos mensajes, la chica a la que no le importa que no le pregunten cómo estuvo su vida, la chica que acepte compartirlo sin decir nada, la chica que no le haga una crítica o remarque algo que le molestara.
¿Acaso iba a ser mucha mujer para todos los hombres que conociera porque tenía muy en claro lo que quería y esperaba de la vida? ¿Habrá sentido que no estaba en la altura en ningún tipo de estándar que un hombre puede estar?
Seguía repitiendo los mismos patrones, seguía haciendo las mismas preguntas y siempre llegaba a la misma conclusión: a él no le interesas, ya que de hacerlo te hubiese hablado y no tiene sentido seguir pensándolo, no podes dedicarle más de tu tiempo a alguien que te dejo bien en claro que no quiere formar parte de tu vida ni que vos formes parte de la suya.
Mientras razonaba todo ello, volvía al foco principal de la cuestión: me estoy convirtiendo en un hombre. En realidad, siempre lo fui. Siempre les mentí, siempre los engañé, pero a los que a mí no me interesaban.
Me encuentro cara a cara con una situación que no puedo dejar pasar: estoy en la mira de un hombre que me ha dicho en más de una oportunidad que tiene ganas de conocerme y he accedido, pero nunca he aceptado alguna de las propuestas que me ha hecho, es que siempre tengo una excusa, porque si no es una cena con mis amigas es un cumpleaños y si no es un evento social es un dolor en mi cuerpo. Me convertí en él. Y lo pensé, concluí, que él me hacía lo mismo. Nunca podía, cuando en realidad no quería. Si a él realmente le hubiese interesado yo debería figurar primera en su lista de cosas de hacer en el día, pero yo ni existía.
Cuando redacté aquella excusa para aquel hombre lo entendí: ese hombre no me interesa, ¿y qué hago? Uso las mismas excusas que ese hombre que no le intereso.
Y lo peor de todo es que quiero que vuelva, deseo que vuelva, más allá de que se que fui yo la que ganó la guerra, porque yo no perdí nada y él perdió todo, porque perdió una mujer que se interesaba en él, una mujer que le iba a dar lo que tanto añoraba que le den.
Pero no era para él, no era yo, según su criterio, la indicada.
Quiero que vuelva, para poder ignorarlo, pero algo adentro mío me dice que no lo hará.
De la nada, recordé sus palabras y estas me hirieron como un puñal "no me nace con vos" y me sentí triste y patética.
Me sentía estúpida por seguir en el mismo círculo.
Me sentía estúpida, pero no me creo estúpida, sino que soy estúpida por seguir atada a una cadena que está rota, porque él se encargo de romperla.
Me sentía estúpida por seguir pensando en un hombre que me trato de la peor forma en la que se puede tratar a alguien.
Me sentía estúpida por haberle hablado y que me haya ignorado, de nuevo.
Me sentía estúpida por haberlo mirado con ojos de amor.
Me sentía estúpida por no haberlo dejado yo antes, cuando había pensado en eso.
Me sentía estúpida por querer que vuelva, por esperar su mensaje.
Me sentía estúpida por no querer ver a ningún hombre por su culpa, cuando él seguro ya había conocido a otra.
Me sentía estúpida por torturarme con cosas como estas.
Me sentía estúpida por no haber interpretado las señales de que él no estaba interesado en mí.
Me sentía estúpida por haberme creído el cuento que me había inventado en la cabeza.
Me sentía estúpida por justificarlo.
Me sentía estúpida por no poder sacármelo de la cabeza.
Y por último, me sentía estúpida, porque a pesar de todo sabía, muy en el fondo sabía, que si él me llegase a hablar y me diría de vernos yo aceptaría.
Soy un hombre, por lo mentirosa, y soy una estúpida, por seguir esperando un mensaje de él.
Hoy, domingo veintiséis, se cumple exactamente un mes de aquel famoso domingo a las cuatro de la tarde y curiosamente, treinta días después, aún sigo pensando en él.
¿Cuántos días más le regalaré?
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