A veces una no tiene ganas de ponerse a escribir, simplemente tiene ganas de quedarse todo el día tirada en la cama mientras deja de pretender por un par de horas que ya no le duele, que no le dolió y que no sigue pensando en él.
No podía entender por qué todavía seguía atada a un hombre al que solamente había visto tres meses. Ni siquiera lo conocía. Ya había pasado los veintes hace rato, los treinta estaban casi a la vuelta de la esquina, tantos años relacionándome amorosa y desamorosamente con hombres, tantas experiencias que había vivido, tantos encuentros, tantos olvidos, pero no podía pasar por alto noventa días de porquería en los cuales él jamás me había dicho nada lindo ni siquiera una vez.
Estaba pensando en un hombre que en este preciso instante no estaba pensando en mí, en un hombre que probablemente había tenido una cita con otra mujer la noche anterior y en un hombre que no me había prometido nada más que sus brazos por las noches, pero solamente para que me sostengan en la oscuridad.
Un hombre al que le había hecho una crítica que, según mi opinión, para él, evidentemente, había traspasado los límites de mi permitido verbal. Desdibuje las líneas que nos mantenían a raya. Malinterprete una relación que era la mismísima nada (algo que sabía).
¿Acaso la enfermedad mental de él era un ego herido?
¿Quiźas pensaba en él por qué no me había bastado con la disculpa, sino que todavía estaba esperando una respuesta a su actitud?
¿Eso para mí era un acertijo sin resolver?
¿Un adiós sin motivo?
¿Un despido sin causa?
¿Cuál era la causa?
¿Había otra?
¿Cómo podría existir otra?
¿Qué se escondía detrás de ese abrupto final que decidió darme un domingo a las cuatro de la tarde?
No había una razón lógica, ni siquiera una excusa. Más allá de la única opción realista que se llama "no le interesabas" (brindada exclusivamente por él), mi mente a veces divaga y piensa: ¿era por qué nos habíamos involucrado demasiado?
¿Fue que él me permitió conocer mucho más de lo que debía saber?
¿Se había abierto a mí más de lo esperado?
Y reí mientras en mi mente sonaba "él corre porque me ama". No, no me ama. No me quiere. No me extraña. No se arrepiente. No piensa en hablarme. No piensa en buscarme. No existo más.
Una vez que mi mente se aclaraba, empezaba la otra duda existencial. Obviamente tenía claro que a mí no me faltaba nada, no era yo el problema, sino él. Quizás se dio cuenta que yo no era lo que él necesitaba o tal vez yo era demasiado.
Demasiada mujer, demasiado divertida.
Demasiado amable, demasiado atenta.
Demasiado extrovertida, demasiado madura.
Él no estaba dispuesto a igualarme, jamás lo podría hacer, ni de acá a cien años. Eramos distintos. Pensábamos distinto. Solo compartíamos el deseo en común. Y quizás un par de ideas y gustos perdidos, pero nada más.
Siempre me iba a quedar esa duda, ese pequeño veneno que día a día me iba matando un poco más. ¿Qué era lo que le había pasado?
¿Por qué de un día para el otro resulto que yo ya no le interesaba?
¿Realmente algún día lo sabré?
¿Importa? La verdad que no.
Entonces, si no importa, ¿por qué no dejo de pensar en él?
¿Será porque me rechazó?
A veces una no tiene ganas de ponerse a escribir, tiene ganas de quedarse sentada en el escritorio mientras trata de resolver todas y cada una de las preguntas que deja un vínculo que se rompió y pensar en él.
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