Estoy convencida de que a mi amor no lo voy a encontrar en una simple aplicación de citas y que mi amor tampoco es aquel hombre musculoso, trigeño, de un metro ochenta y seis centímetros creado por el mismo diablo que habita plácidamente en mí, en todas las partes que conforman mi ser, hace meses.
Él y yo: nada.
¿Y por qué sigo tan aferrada a esa nada?
¿Por qué deseo que vuelva, una vez más, cuando la que se fue esta vez fui yo?
¿Por qué sigo insistiendo si cuando quise volver, después de irme, él no me aceptó de vuelta, sino que me dejo ahí, colgada, para toda la eternidad? (Ni siquiera vio mi mensaje).
Entonces, ¿qué tan perturbada se halla mi mente como para soñar con él, para soñar que me habla por una red social y me dice que me contacte con él, que esta vez si me va a responder?
Mi inestabilidad me arranca las entrañas. Me va sacando poco a poco toda la pasión que tengo contenida bien adentro, me lleva al nivel del desespero, y no puedo evitar querer buscarlo desenfrenadamente, mirarlo, pensarlo, desearlo, anhelarlo, tocarlo e imaginar con sentirlo una vez más.
Estoy viéndolo ahí, tan libre, tan íntegro, tan suyo. Siempre suyo, nunca mío. Gozando sus vacaciones como si no existiera un mañana, experimentando lo nuevo del año que llegó sin que nadie (menos su círculo social, obvio) conozca la pesadez de su alma y las cargas que tiene en su maravillosa cabeza, sin nadie saber cuan perturbado se encuentra aquel frívolo hombre y que tan cruel puede llegar a ser a la hora de amar a la mujer que no estima en lo más mínimo.
¿Y qué tan vacía tengo que estar para seguir aferrándome a él?
¿Qué tan mal me estoy sintiendo como para seguir construyendo un castillo a su alrededor cuando él ni siquiera se encuentra dentro de mi rango etario?
Quizás es mi venus, mi posesividad, mi forma incongruente a la hora de amar.
La locura contenida en este cuerpo inhabitable.
La idiotez de mis pasos que no se cansan de perseguirlo y no poder atraparlo.
Mis ganas desenfrenadas de matarlo y que no exista más en ningún plano, que no exista ni siquiera en las estrellas, para así nunca alcanzarlo.
Es que tal vez nuestros espírutus se conocen desde antes o el universo me lo pone siempre adelante para que aprenda la lección que nunca entiendo. Para deshacerme del hechizo que me ata, como si estuviese embrujada de acá para toda la perpetuidad.
Como si él fuese un vampiro que me absorbe la vitalidad, que me deja seca, reducida en pedazos de tanto pensar.
Como si él se alimentará de mi ausencia y creará para sí su mundo ideal en el que yo nunca pero nunca tuve lugar porque no existo dentro de su plano astral.
Alejada en las tinieblas, atrapada en la cárcel construida por su indiferencia, lejos, muy lejos de la plenitud emocional, como si hubiese sido encadenada a quererlo y gozarlo, pero desde otro tiempo-espacio espiritual.
Nunca será mío, porque él nunca lo querrá, y yo siempre seré suya, sin pedir a cambio algo más.
Quizás pasen los años y nunca tendré suficientes lágrimas para recordarlo, porque él siempre fue la porquería que le hicieron, porque siempre estará como yo, totalmente perturbado.
Porque su luna y la mía jamás serán compatibles, porque mientras mi amor arde con la inmensidad de mil quinientas ochenta y siete llamas él suyo se prende lentamente con el correr de la mañana, para vivir abajo del tronco más sensato de toda la arbolada.
Es que él siempre será ese engendro del demonio destinado a deambular y tocar todas y cada una de las puertas de las mujeres que se crucen en su camino, entrar y salir como si no buscará nada y encontrar siempre lo mismo porque es la mujer equivocada.
Porque él nunca encontrará a aquella que perdió en su gran guerra, aquella que no lo eligió a pesar de que él se quedó, años se quedó sin recibir a cambio ni siquiera una mirada, entonces él vagará para siempre atendiendo y rompiendo aquellos corazones que no se adapten a los patrones tóxicos que él repite, ya que hasta que no entienda que ella nunca volverá destruirá a todas sin mirar atrás.
Y yo, que estoy un poco más sana pues si comprendo lo que busco, lo que quiero y lo que ofrezco, terminé nuevamente enjaulada en la tortura de mis emociones fantaseando con él todas las noches simplemente porque jamás de los jamases él podrá ser algo que me pertenezca y que disfrute.
Porque a pesar de no ser el tipo de hombre con el que planeo disfrutar la posteridad hay algo que me hace caer de rodillas ante su presencia y atravesar, a rastras, el campo de minas y espinas oxidadas que lo rodean, solamente para encontrarlo del otro lado sonriendo mientras me rechaza con su silencio una vez más.
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