A diario me autoconvenzo de muchas cosas, de las cuales suelo estar equivocada en, prácticamente, la mitad. Lo peor de ser una persona así, que se crea escenarios ficticios en su cabeza constantemente, es que muere de ilusiones que nunca se materializan o que sufre por realidades que nunca existen.
Atento al gran acontecimiento del día jueves, en el cual me dio like en una aplicación de citas y yo, estúpidamente (si, estúpidamente) le correspondí, porque era lo que quería hacer y todos los días que me pasé llorando se fueron a la basura junto con todas las viles y crueles palabras que alguna vez me pronunció, mi mente solo divaga en una gran nube color rosa pastel, que de vez en cuando se tiñe de gris.
Si deseabas con todas tus fuerzas que él volvierá, ¿por qué no estás contenta?
No sé.
Para serles sincera, era más lo que esperaba que lo que sucedió, pero no a nivel comunicación, sino más bien emocional, es decir, fue distinta la reacción que pensé que iba a tener, creí que cuando él me hablase de nuevo se me iba a caer el mundo en los pies, que igual un poquito tambaleó, pero no lo suficiente como para que se derrumbara, pero bueno, quizás, tal vez, después de todo no estoy enamorada.
Para mí de lo que estaba enamorada era de la idea de que él vuelva. Aferrarme a ese imposible, motivándome de que iba a suceder tarde o temprano. Más bien fue temprano, porque no pasaron ni cuatro meses. Igual es un montón.
Encima para mí, lo peor de todo, es la forma tonta en la que volvió, como si no hubiese pasado nada, pero es que para él no pasó nada. Él no dimensió la magnitud de sus palabras, que eran filosas como una katana. Él si lo recapacitó, pero no fue capaz de perdirme perdón. Él vive en su mundo de caballero del zodíaco, en donde él es lo más importante que tiene, él y su orgullo, que bastante pisoteado quedó después de mandarme un mensaje.
Y así, como si por arte de magia fuese, me habló.
Tenía la certeza de que no iba hacerlo, porque, que le haya correspondido para mí era una forma que tenía él de tantear el terreno. Él era inteligente, siempre lo supe, yo lo minimizaba o desmerecía porque era malo, pero no malo de villano de película, sino que era el malvado en mi historia de desamor. Él me había causado dolor, por eso era malo en mi visión.
Entonces me habló y le respondí. Y me propuso de tomar algo juntos, y me mente se fue un año atrás, a septiembre de dos mil veintitres cuando él me propuso lo mismo.
Acepté.
Empezó con el circo de "hoy no sé si puedo, porque ..."
Y me pregunto yo, ¿para qué propones? ¿Para saber que todavía estoy disponible?
Y como si fuese un juguete me regalé, con moño y todo, y fui comprensiva y le dije que se quede tranquilo, que organizabamos para otro día y obviamente, esa versión mía, le gusta. La versión que no le reclama nada, que no le dice nada, que no le comunica nada, y evidentemente ese es el juego que vamos a estar jugando.
A mí no me va a importar.
Y así se va a mantener la relación de acá hasta que uno de los dos se cansé o hasta que uno de los dos tenga una pareja estable.
Supongo que ese es el final de esta historia y la nueva moraleja aprendida.
Porque él es patético y yo soy más patética todavía.
Y mis amigas no lo saben, porque me van a retar, y no tengo ganas de que me juzguen, pues suficiente con mi propio ser, que se mira al espejo y cada vez que va a esbozar una sonrisa por ese hombre recapacita y piensa "que criatura más estúpida".
Pero podemos coexistir ambas, la versión mía que quiere ir corriendo a verlo una vez más y la versión mía que lo detesta, pero no lo suficiente como para no ir corriendo a verlo una vez más. Igual estoy segura que muy en el fondo existe una versión mía que si lo odia.
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