domingo 28 de julio de 2024

El día sábado había tomado una decisión: dejaría de quedarme en las penumbras de ese amor que nunca fue. Así fue como cien por ciento confiada, concurrí a ver a otro hombre. Sí. Vi a otro hombre, pero por él no sentí nada. Quizás había internalizado la lección aprendida: dejar los sentimientos en casa cada vez que interaccionaba con un sujeto masculino, y como decían mis amigas "tomar con pinzas todo lo que diga hasta que demuestre lo contrario, es varón".
Cansada, mi mente dijo basta. Mi corazón todavía seguía llorando por un hombre que me mantenía alejada y que jamás se había tomado el atrevimiento de volver. No había roto su orgullo, como yo hice con el mío, y se había aparecido entre las sombras. Esa no historia debía llegar a su fin.
Así que, como si fuese por arte de magia, esa noche me encontraba en otros brazos. Pero no todo es color de rosas. Pensé en él, en casi todo momento. No pude evitar compararlo. Cada caricia que recibía me transportaba a las suyas. No podía dejar de imaginarme que era él quién me estaba sosteniendo y apretando contra su cuerpo.
Mientras me mostraba la música que le gustaba no pude evitar que mis ojos se tornen color agua. Estos se empaparon. Me sentí estúpida. Habían pasado exactamente tres meses. Noventa y un días. Era mucho tiempo. Aún así, él seguía viviendo en mí. Su esencia había calado en lo más profundo de mis huesos y a estas alturas solamente un exorcismo lo iba a sacar de adentro. 
Cuando volví a mi casa y charlé con mis amigas, les dije la verdad: estoy triste. Comprendieron. Cuando un puñal se clava tan profundamente, el dolor es inevitable. La herida tarda más en sanar, porque evidentemente el daño se que se provocó es muy grande. 
Al día siguiente, para no quedarme sumergida en la tristeza, hice planes. Apenas lo recordé, pero a la noche, bien tarde, mientras caminaba esas cuadras que necesitaba hacer para llegar a mi hogar no podía evitar pensar en él. Tenía todas las respuestas a todas las posibles preguntas que pudiera llegar a hacerme: ¿por qué me había bloqueado? ¿por qué me abrió su corazón? ¿por qué cambió de parecer de un día para el otro? ¿por qué maximice sus acciones? ¿por qué fui tan ilusa? ¿por qué?, pero pese a eso, no podía evitar seguir haciéndomelas. 
Quería que vuelva. Lo deseaba desde lo más profundo de mi ser. Pero, ¿para qué? No podía volver a caer en la trampa. 
¿Quería que vuelva para ignorarlo? Estaba mintiendo, si me moría de ganas de volverlo a ver.
¿Qué era lo que quería? ¿Sanar mi orgullo? ¿Sanar mi ego?
La vuelta cada vez demoraba más, los días cada vez eran más largos y la esperanza que yacía en mí se iba desvaneciendo con el tiempo, iba perdiendo fuerza. Su vuelta más que una realidad ya era una leve posibilidad lejana, algo que se veía muy a lo lejos. Algo que a estas alturas era imposible.  Pero ... ¿lo era?

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