domingo 12 de mayo de 2024

"fueron más los días que tarde en superarlo

que los que estuvimos juntos"


Realmente, un día después, debo admitir que fue una secuencia muy graciosa. Pude darme cuenta de lo mal, en todos los sentidos, que estoy.

Le mandé aquel bendito mensaje con el que me torture una semana entera para que él me diga cualquier cosa menos lo que quería leer.

Me rechazó, pero me pidió perdón por haberme tratado mal y cerró con un "mereces un trato mejor". Cerrando el mensaje con un punto. Realmente me contuve en responderle de la forma que hubiese hecho mi antigua versión. Es más, redacte esa respuesta y vive en las notas de mi celular, pero no me atreví a mandarla, ¿acaso no era darle mucha importancia? Igual debería haberlo hecho, pero creo que me da más paz la postura que tomé. Aunque probablemente me arrepienta. Como siempre.

Debo confesar que el momento en el cual me sentí la mujer más patética de la ciudad fue cuando entré a mi casa y leí su respuesta apoyada en la puerta, creyendo que tendría que volver a salir porque me diría de vernos. Algo que, evidentemente, que no sucedió.

Mientras me desvestía pensaba en qué le iba a responder. Obviamente me arrepentí de lo que le dije. Él no respondió más. ¿Dormí mal por esperar una respuesta? Si. ¿Acaso yo sabía que él no iba a contestar mi último mensaje? Si. Entonces, ¿por qué pase la noche en vela? Capaz porque todavía existía adentro mío esa pequeña ilusión de que él aún encajaba en mi idealización de su persona, pero la pobre murió en menos de dos segundos.

No me explicó por qué había tomado aquella drástica decisión de sacarme, progresivamente, de todas sus redes sociales (y de su vida), aunque tranquilamente es algo que puedo responder con suma seguridad: no le intereso. Igual probablemente en un promedio de tres meses decida revivir entre los muertos y fingir que nunca nada sucedió, o más bien, que ahora él, entre todos, es el que me va a tratar mejor. 

Lloré. Obvio, ¿cuándo no había no llorado? Pero me permití llorar solo en esas horas, ya que al otro día, cuando me levantaría, él sería una historia cerrada, una anécdota para contar en una mesa redonda mientras tomamos unas cervezas con mis amigas. Él sería un recuerdo que me haría sentir un poco estúpida y un poco alegre, porque si alguien alguna vez me compartía sus experiencias amorosas a mí también me habían dejado en un tiempo récord de menos de tres meses. En realidad, el catorce de ese mes se cumplirían los tres meses. Menos de cinco encuentros, menos de cien mil palabras intercambiadas por redes sociales, más de cien mil palabras intercambiadas en persona, veinte narraciones suyas, más de cincuenta besos, menos de cincuenta risas, un corazón roto, otra no relación que cayó por la cornisa sin llegar a ser algo jamás en la vida.

Y de repente, me estaba riendo. ¿Qué era lo que yo quería de él? Amor no, porque yo sabía que él no estaba disponible emocionalmente, además, desde el primer día, le había encontrado más de diez defectos como por ejemplo su tatuaje en el pecho, que no me gustaba, o su cara, que no me resultaba linda. Pero, pese a todo eso, ¿por qué lo puse en un lugar al que nunca debería haberle permitido ni siquiera conocer? No lo sabía. Algo me había atraído y no le puedo sacar crédito, es que el hecho de que me haya roto el corazón significaba que era imposible que él no haya generado nada en mí, no me podía mentir, me gustaba. Y probablemente me siga gustando por un par de semanas más, estoy sanando. 

Me puse a pensar que quizás estaba dejando mucho tiempo prendida su vela, cuando desde el principio nunca debí encedersela. Y recordé las palabras de mi amiga "una vez que te pase ya vas aprender, no hay que darles demasiada relevancia, no hay que involucrarse tanto". Quizás ese fue el problema, lo hice parte de mi día a día y terminó calandose en mis huesos como si fuese una plaga horrible. Era hora de exterminarlo, córtalo de raíz, pero para eso tenía que aceptarlo y llorarlo. 

Y me di cuenta, que durante ese triste domingo no pensé en él, porque sentía que "algo" se había cerrado. Su mensaje, más allá de la deficiente redacción y la pobre redención, me había dejado tranquila. Por más que me haya pedido perdón, que no fue una disculpa propia, a voluntad, sino sacada, porque le hablé yo, me demostró el tipo de persona que era y se rompió la burbuja, se cayó a pedazos el personaje que le cree, en ese momento él murió en mi serie, solamente sería recordado como un par de capítulos en mi vida, como un extra que hizo una aparición que no llegó a ser tan relevante como para catalogarla de "especial". 

Me arrepentí de hablarle, pero más me hubiese arrepentido si no lo hacía. 

Y ahí estaba, de nuevo, tratando de arreglar el desastre que hice y volviendo a creer en los hombres, una vez más.

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